Limosnera de El Conde: “Nadie sabe el martirio con el que vivo”

Santo Domingo.- Al caminar por la calle El Conde, de la Ciudad Colonial, no es extraño escuchar los lamentos y súplicas de algún envejeciente, extendiendo su mano para pedir algo de dinero y conseguir de comer. Esta es la realidad  que vive una pobre señora, de ojos claros, que ha convertido la esquina de un edificio localizado  frente de la Catedral Primada de América, en su “casa”. Allí se sienta con una latita a esperar la limosna de los peatones . 

Doña Esperanza no recuerda bien cuál es su edad exacta, pero lo que sí tiene claro es el tiempo que lleva en las calles vagando.  Desde hace veinte años pide para sobrevivir. Llego aquí desde San Cristóbal. En su juventud  se “juntó” con un hombre y procreo un hijo, que luego la dejó a su suerte, abandonada.

Esta señora es caso de todos conocida. Con calma y amabilidad, cuenta los martirios de su vida a todo el que tenga tiempo de escuchar. Mucha gente la saluda y le lleva comida, pero hay otros que la tildan de loca y la provocan para que se altere. Por estas cosas, personal del Cuerpo Especializado de Seguridad Turística se ven en la obligación de retirarla del lugar.

“Yo no le hago mal a nadie; no es verdad que estoy loca. Simplemente es que la vida me llevó a esta situación. No tengo parientes ni dolientes; perdí mi casa hace mucho tiempo, me la dio Balaguer, el único presidente que ha hecho algo por nosotros; de lo poco que consigo me costeo la comida”, explicó. con un dejo de pesar.

Esta mujer tiene su vivienda improvisada entre un montón de cartones, fundas de plástico y ropa. Esperanza utiliza los bancos del parque como tendero, cuida las matitas echándole agua y no deja que los drogadictos se queden en ese lugar, porque pueden constituir un peligro para los visitantes. 

“Cuando era joven, trabajé durante muchos años en la feria ganadera y en casa de familias muy adineradas”, relató. “Tengo años pidiendo aquí, pero los policías son muy malos conmigo; una noche me montaron en un carro y me llevaron más para allá del 9 de la Duarte y ahí me dejaron a la intemperie”, dijo, y luego agregó: “Pero al final busqué la forma de volver” 

Varias veces la han sacado de la Zona Colonial  y algunos   dueños de negocios no están de acuerdo que ella siga  en el área. Esperanza se queja porque en ocasiones anteriores ha sido sacada de  parques y  otros espacios públicos “de forma grotesca”.

Sólo Dios  me ha ayudado
“Nadie sabe el martirio con el que vivo”, asegura. “Dios es el único que me ha ayudado a sobrevivir durante tantos años; la gente es muy mala y no se preocupa  por nada. Hay algunos que con el pasar de los años me han tomado afecto y me regalan ropa, entre otras cosas; cuando los días se ponen difíciles las monjas son las únicas que me abren las puertas”, dijo la limosnera.

Las hermanas de la caridad le dan asilo, ropas y comida, pero muchas veces no dan abasto para todos los desvalidos que tocan sus puertas. La misma Esperanza relata que muchos limosneros toman más de una ración de comida y engañan a las monjas. 

Explica que su situación se debe a que sus familiares nunca se han interesado en ayudarla, su hijo le vendió todo lo que tenia, ncluyendo su casa.

Se queja de que ningún gobierno la haya ayudado a mejorar su  vida.  “Es muy fácil ponerse a pedir en la calle; si tú no tienes trabajo no puedes pagar una casa, si no pagas una casa no tienes donde vivir. Entonces, lo único que queda es irse a la calle a pedir, o dejarse morir”, dijo Esperanza.

RELATO
20 años en la calle. Doña Esperanza no recuerda bien cuál es su edad exacta, pero lo que sí tiene claro es el tiempo que lleva en las calles vagando. Desde hace veinte años pide para sobrevivir.

Vida y trabajo. “Cuando era joven, trabajé durante muchos años en la feria ganadera y en casa de familias muy adineradas”.

Sólo Balaguer. “Yo no le hago mal a nadie; no es verdad que estoy loca. Simplemente es que la vida me llevó a esta situación. No tengo parientes ni dolientes; perdí mi casa hace mucho tiempo, me la dio Balaguer. De lo poco que consigo me costeo la comida”.

Fuente: Luisanna Carrasco 
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